Las emociones son reacciones psicofisiológicas que ocurren en nuestro organismo a partir de diversos estímulos y cuya finalidad es que nos adaptemos al medio. Estas reacciones emocionales pueden ocurrir ante acontecimientos externos (exámenes, discusiones, entrevista de trabajo), o internos (recuerdos, preocupaciones, pensamientos). Las emociones tienen tres principales funciones:
- Función adaptativa: siguiendo el principio de supervivencia, ante señales de peligro o amenaza (real o imaginaria) nuestro cuerpo reacciona de manera instintiva, para que nos defendamos, protejamos o huyamos.
- Función social: los seres humanos somos seres sociales, por ello establecer y mantener vínculos es una prioridad también para adaptarnos al medio y de asegurar nuestra supervivencia como especie. Para ello tenemos emociones que nos ayudan a potenciar los vínculos y nos permiten formar parte de círculos sociales, así como nos protegen del posible rechazo de otros y nos ayudan a sentirnos aceptados.
- Función motivacional: las emociones nos motivan a la acción. Tenemos la necesidad de encontrar un sentido a lo que hacemos, por lo que las emociones nos ayudan a dirigirnos a esos objetivos y metas, potenciando nuestro principio de desarrollo y logro.
Por todo podemos decir que las emociones son reacciones adaptativas que nuestro cuerpo nos envía en forma de mensaje y que nos preparan para responder de manera adecuada ante determinado tipo de situaciones.
No hablamos de emociones positivas y negativas, porque todas son útiles y necesarias, aunque algunas nos hagan “pasar un mal trago”. Por ello podemos definir dos tipos de emociones según las sensaciones que nos aportan: emociones agradables y emociones desagradables.
La metáfora del cartero
Si las emociones son mensajes que nos envía nuestra mente y cuerpo, las podemos comparar con un mensajero que tiene la orden de entregarnos un paquete a casa y para él nuestra vida depende de que recibamos ese mensaje. Su trabajo es que nos llegue y lo intentará de todos los modos posibles. Si no hacemos caso al mensajero y no le abrimos la puerta para recibir el paquete, estos se irán acumulando en la puerta, el cartero nos empezará a romper las ventanas y a tirar los paquetes por ellas, o a meter los sobres por los resquicios al más puro estilo Harry Potter. Hasta que nuestra casa esté tan llena de paquetes que no nos quedará más remedio que abrirlos, aunque para entonces se habrán acumulado tantos que serán mucho más difícil de gestionar, clasificar y organizar.
Es decir, si no hacemos caso a las emociones, estas no desaparecen, sino que se van acumulando hasta que al final puede que nos desborden y surjan como una explosión emocional. Sin embargo, si recogemos el mensaje del cartero y prestamos atención y aceptamos nuestras emociones, estas serán más suaves, rápidas y menos intensas, por lo que será más fácil regularlas y que no nos desborden.
Dinos que te ha parecido este artículo, Puntúa (DE 1 A 5 ESTRELLAS).